jueves, 23 de agosto de 2012

UTOPICOHSSS


Dicen que en un principio, para convertir su invento en un negocio rentable, los pioneros grabadores de placas discográficas salían a las calles, los cafés y los teatros en busca de músicos y cantantes que quisieran dejar sus voces y sonidos en aquellos estuches primitivos. De eso hace más de un siglo.

El negocio prosperó y el proceso se invirtió. Entonces para que un artista existiera tenía que grabar un disco. Las disqueras se convirtieron en monstruos transnacionales y marcadores de destinos.

Ahora parece que ya no será más así. Y muchos artistas además de darse a conocer mediante grabaciones, dejan sus videos en las redes, o simplemente se sientan a la sombra de un árbol en el banco de un parque, con el sombrero o la gorra a sus pies para que caigan en ellos las monedas que su arte vale.

A estos chicos malagueños los conocí de esa manera; una mañana hace poco, tocaban en el paseo del parque cerca del puerto. Tenían público, turistas y curiosos, público capaz de interrumpir sus caminatas y detenerse a escuchar.

Aún no son famosos. Aún tienen el encanto y el descaro de su juventud.

Dan la impresión de que “parecen saber lo que hacen” y de que están muy seguros de lo que dicen en lo que cantan.

Me los traje a La Casa de las Músicas.

Se instalaron en el garaje.
 
 

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