Dicen que en un principio, para
convertir su invento en un negocio rentable, los pioneros grabadores de placas
discográficas salían a las calles, los cafés y los teatros en busca de músicos
y cantantes que quisieran dejar sus voces y sonidos en aquellos estuches
primitivos. De eso hace más de un siglo.
El negocio prosperó y el proceso
se invirtió. Entonces para que un artista existiera tenía que grabar un disco.
Las disqueras se convirtieron en monstruos transnacionales y marcadores de
destinos.
Ahora parece que ya no será más
así. Y muchos artistas además de darse a conocer mediante grabaciones, dejan
sus videos en las redes, o simplemente se sientan a la sombra de un árbol en el
banco de un parque, con el sombrero o la gorra a sus pies para que caigan en
ellos las monedas que su arte vale.
A estos chicos malagueños los
conocí de esa manera; una mañana hace poco, tocaban en el paseo del parque cerca
del puerto. Tenían público, turistas y curiosos, público capaz de interrumpir
sus caminatas y detenerse a escuchar.
Aún no son famosos. Aún tienen el
encanto y el descaro de su juventud.
Dan la impresión de que “parecen
saber lo que hacen” y de que están muy seguros de lo que dicen en lo que
cantan.
Me los traje a La Casa de las
Músicas.
Se instalaron en el garaje.
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